MIEDO

viernes, 25 de noviembre de 2016




De siempre, los grandes miedos de mi vida han sido dos: perder a mi madre y quedarme sin hijos. Y que curiosa es la vida, que ambos me los puso bien delante.

El temor a perder a mi madre lo tuve desde bien pequeña, recuerdo que cuando tenía unos seis años hubo un pequeño periodo de tiempo en el que por la noches me despertaba agitada, llorando y llamando a gritos a mi madre, diciéndole que no quería que se muriese, que yo la necesitaba y la quería mucho. La pobre tardaba un buen rato en tranquilizarme mientras mi hermana, que dormía en la cama de al lado, refunfuñaba porque no la dejaba dormir. A día de hoy no sé qué desencadenó aquel miedo, solo que con el tiempo se me fue atenuando, que no pasando.

Por la época que le detectaron la enfermedad a mi madre, una prima lejana mía había pasado por algo similar con su padre, y recuerdo que yo pensaba que qué fuerte era, que yo no podría pasar un trance así. Y entonces llega el diagnostico, tu mundo se derriba y no sabes como continuar de pie.

Aquella batalla duró casi dos años, en los que pasé por todo tipo de fases, y en el fondo de todas ellas, el miedo a perderla.

Con mi maternidad sucedió algo similar. Durante el largo proceso de adopción hubo momentos muy complicados, en los que la balanza se declinaba mas hacia el lado del no que del si, unido a una incertidumbre enorme y de factores que no dependían de nosotros y nada podíamos hacer. No estaba de nuestras manos. Pero el miedo estaba ahí, residía en mi interior, ¿y si mi destino implicaba no tener hijos? 

Convivir con miedo es muy complicado, si te dejas llevar por él te distorsiona la realidad, te hace recrearte en él y olvidarte de lo que te rodea. Si me preguntáis por la fórmula mágica para afrontarlo, os diré que yo no la tengo, ni tampoco soy quien para aconsejar qué hacer en estos casos, porque ni tengo la formación necesaria, ni tan siquiera he leído libros de auto ayuda, sólo puedo hablar desde mi experiencia, esto es un simple testimonio. Y en mi caso la clave fue la aceptación.

Y cuando hablo de aceptación no quiero decir abandonar la lucha  y rendirse, sino todo lo contrario. Luchar desde la serenidad. Cuando hablo de aceptación, hablo de aceptar que esa situación que te provoca miedo puede darse. Aceptar que era más que probable que perdiese a mi madre, como luego así sucedió, y desde ahí, desde ese reconocimiento, aprender a valorar cada instante que pasamos juntas y agradecer los que ya habíamos vivido.

Aceptar que cabía la posibilidad de que en mi camino no se cruzase la maternidad, reconocer que esa opción existía y a partir de ahí prepararme por si se daba. Sentarme y hacer balance de mi posición como persona en el mundo, y reconocer que en mi balanza hay más peso en el lado de la gratitud y la fortuna que en el de las desgracias. Solo a partir de ese momento podría empezar a reconstruir un futuro que a lo mejor no era el que yo había planeado.

Como os digo esta es mi humilde experiencia, no puedo asegurar que sea el camino verdadero hacia la felicidad y que vuestros miedos desaparezcan. Unos entran y otros se van, os mentiría si dijese que ahora que soy madre no me han llegado nuevos miedos que antes ni tan siquiera sabía de su existencia, pero ahora al menos les digo: hola, estas ahí, te reconozco y no voy a dejarme arrastrar por ti. 

¿Y tú? ¿a qué miedo te has enfrentado? #plantandocaraalmiedo

Os deseo un buen fin de semana, nos leemos el próximo viernes.


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