lunes, 27 de febrero de 2017

Un poco de magia

lunes, 27 de febrero de 2017

La luz del atardecer ha sido desde siempre, mi favorita, incluso mucho antes de que descubriera la fotografía. Cuando era pequeña, recuerdo escaparme colina arriba, a solas, para disfrutar de las bonitas puestas de sol que se contemplaban desde la casa de mis abuelos. Eran momentos de paz y de conexión conmigo misma. Era aquella niña que caminaba entre la hierba alta (ver aquí)

Ahora esa niña ha crecido, pero sigue buscando esa misma luz, esa conexión. Ahora, cámara en mano. Ese instante a solas, en un paraje bañado por destellos dorados, hace que me pare en el aquí y en el ahora. Me observo contemplando el alrededor, buscando esa magia y si hay suerte, poder captar una poca. 


Tanto la lectura como escribir o cocinar son aficiones que me producen serenidad, pero la fotografía al atardecer tiene algo especial para mi. Me aporta esa sensación de pertenecer a algo más grande, me recuerda lo afortunada que soy por vivir el presente. Ese momento me despoja de las cargas diarias, de las preocupaciones, de la lista de tareas sin cumplir, y me deja a solas conmigo misma. La respiración se vuelve más profunda, me concentro en lo que observo a través del visor de la cámara, y disfruto de esa sensación, de ese instante. En ocasiones, solo es cuestión de minutos, y una voz me devuelve a la realidad, pero la magia ha obrado su efecto, y ese día mi espíritu se siente más libre. 

Os dejo con una selección de imágenes de uno de esos instantes. Feliz semana.





martes, 21 de febrero de 2017

Serendipia

martes, 21 de febrero de 2017


1.f. Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual.  (Diccionario de La Real Academia Española)


Es finales de Abril, la primavera empieza a olerse en el ambiente. Junto con el otoño, es una de mis estaciones favoritas, el sol brilla más, ya no es de noche cuando salgo de casa cada mañana y las tardes empiezan a crecer. Esa invasión de luz nueva y creciente suele ser motivo para alegrar el humor y sentirse más feliz. Pero yo no lo estoy. 

Cada día que pasa, el peso que llevo a mi espalda crece. Continuamos sin tener noticias de nuestro proceso y empezamos a intuir que algo va mal. Estoy nerviosa, no puedo explicarlo. Ni tan siquiera yo misma entiendo muy bien que me pasa. 

Estoy distraída, sin ganas de trabajar, de comer, solo pienso en llegar a casa y encontrar reposo para mis pensamientos. Y lo encuentro. Llevaba mucho tiempo sin escribir, pero ese día necesito desahogarme. Empiezo a redactar una carta para misma, que se convierte en un análisis de cómo el proceso me ha afectado, que he aprendido de él, y cómo quiero afrontarlo. 

Esa carta se convertirá en mi felicitación para el Día de la Madre de ese año. Mi círculo de amigas se despertará un día con ella en el grupo de wasap, sé que alguna de ellas aún la conserva.

Ese día, mientras yo estoy en mi hogar, dando forma a mis pensamientos, a miles de kilómetros de distancia, en una pequeña ciudad de Etiopía, se produce un nacimiento. Un niño acaba de llegar al mundo, mi hijo.

Hay quién lo llamaría casualidad, yo prefiero pensar que se trata de mi Serendipia particular. La que me cambió la vida. 




lunes, 20 de febrero de 2017

Sus manos

lunes, 20 de febrero de 2017


Sus manos eran cálidas, suaves pero firmes. Llenas de cicatrices, legado de su profesión como carpintero. Conocían el tacto de cada árbol, lo trabajaban y lo pulían hasta hacer de él la madera más suave que uno haya tocado en su vida.

Fabricaron más muebles, puertas y ventanas de lo que uno pueda imaginar, pagando como precio la pérdida de la punta de su dedo meñique, dejándole una fea cicatriz que años más tarde haría las delicias de sus nietos. 


Conocían el frío y el calor más abrasador, nunca tenían descanso, si no trabajaban en el taller estaban atendiendo el huerto, arrancaban las malas hierbas sin piedad y mimaban con sumo cuidado a las tomateras y a les fabes. 

Aprendieron pronto a sostener un cigarrillo, cuando en tiempos de guerra no había otra cosa que llevarse a la boca, y el hambre era una serpiente inquieta que se enroscaba en el estomago. 


Fueron compañeras inseparables del manillar de la bicicleta que lo llevaba a trabajar cada día. En la cesta el almuerzo recién preparado y un Ducados colgando de la comisura de su boca. No necesitaba mucho para ser feliz. 


Sus manos acariciaban lentamente la cabeza cuando alguna preocupación se colaba en su mente, el ceño fruncido y su mirada pérdida en el horizonte. 


Sus manos me enseñaron a desgranar el maíz, a trenzar las panoyas, a segar, a trepar los árboles. Eran capaces de hacer las mejores cosquillas y de darme consuelo cuando me hacía daño. 

Su pulso se detuvo a los noventa y tres años, pero su tacto  perdurará imborrable en mi mente por la eternidad.


Las manos de un abuelo están llenas de historia y sabiduría, escuchémoslas. 










lunes, 13 de febrero de 2017

No es un camino de rosas

lunes, 13 de febrero de 2017

Atardecer en el cabo Le Conquet, Bretaña francesa.

Esta foto no solo representa el recuerdo de unas vacaciones, ese día, en ese preciso momento, dos personas asumían una despedida. Esta es su historia.

Un lunes de diciembre, aproximadamente a las 11 de la mañana, el móvil comienza a sonar, en la pantalla un número larguísimo. Su corazón late a mil, sabe que su asignación está al caer y hay muchas posibilidades de que ese, sea el día. Del resto de la mañana no recuerda mucho, solo que desde la Consejería le han dicho que tienen una preasignación para ellos, un bebé de 6 meses, niño, pero que no pueden decirle más, tienen que personarse en Consejería para recibir más información.

Detrás viene una llamada a su marido, recuerda que casi no puede hablar, y que no para de repetir: tenemos que ir a Consejería, ¡ya!. Media hora y 30 kilometros más tarde, sube a la carrera por unas escaleras mecánicas, sale a la plaza y allí, en el otro extremo, su otra mitad. Igual de nervioso que ella, corren para estrechar la distancia que les separa, y se funden en un abrazo. No hacen falta las palabras, sus corazones laten al mismo compás, y ambos comparten la misma alegría desbordante, por fin le pondrán rostro y nombre a su hijo. Ese que llevan deseando tanto tiempo.

Ese día vivieron en una auténtica nube. Se guardaron su secreto hasta la noche, que visitaron a su familia, y durante la cena, les enseñaron a su nieto, a su sobrino. Esas navidades aprovecharon para dar la noticia a personas que aún no lo sabían, enseñaron la foto de su hijo, era una realidad, iban a ser oficialmente padres, porque en su corazón ya lo eran desde hacía tiempo.

Unas pocas semanas más tarde un imprevisto hace que su mundo tambalee. El proceso en el país de origen ha cambiado, se exige un nuevo paso en todos los expedientes de los menores, y hasta que ese nuevo requisito esté completo, no podrán viajar. En principio no cunde el pánico, son varias familias las afectadas, y parece ser solo un trámite administrativo.

Pero los días se convierten en semanas, las semanas en meses, y lo que parecía ser solo un trámite, se complica más de lo impensable. Ella se levanta cada día con un peso en su pecho, cada día le cuesta más respirar pensando en ese hijo que se encuentra a miles de kilómetros de casa. Ve como la gente a su alrededor continúa con su vida, pero ella se siente estancada, como si alguien hubiese apretado el botón de "pausa" y ahora no fuese capaz de encontrar el de "play". 

Solo hay una cosa que la reconforta, largos paseos por la senda costera que rodea su ciudad. Ahí, acompañada de su marido y del sonido del mar, encuentra la serenidad que necesita. En algunas ocasiones lo recorren en silencio, en otras, hablan y expresan en voz alta su mayor miedo, perder a su hijo.

La situación continua alargándose en el tiempo y parece que no va a haber solución a corto plazo. Se acerca la temporada de lluvias en Etiopía, período durante el cual la mayoría de las Administraciones Públicas cierran, y apenas habrá movimientos. Ese verano no habrá viaje hacia su sueño, pero ellos llevan demasiado tiempo guardando sus vacaciones para ese fin, están cansados y necesitan salir de la rutina. Así que casi sin planearlo mucho, deciden coger el coche y subir hasta la Bretaña Francesa. En sus acantilados, playas y coquetos pueblos, esperan encontrar un poco de la paz que necesitan.

En medio de esa escapada, llega un mensaje, al cual precederán unos cuantos más. La mitad de las familias que están afectadas por ese cambio de proceso acaban de perder su asignación. Y entonces, lo saben... ellos serán los siguientes. Solo es cuestión de tiempo.

Ese día apenas hablan, cada uno sumido en sus pensamientos, digiriendo la noticia, asimilando que es más que probable que a ellos les pase lo mismo. Solo al llegar el atardecer parecen salir de su ensimismamiento, se conocen demasiado bien. Él aparca el coche a la vera del Cabo Le Conquet, bajan del coche, buscan un sitio adecuado desde donde ver la magnifica puesta de sol, y así arropados por el faro y su antigua abadía, cogidos de la mano, comienzan a despedirse del pequeño que por unos meses les convirtió en familia. 

Nuestra despreasignación llegó justo tres semanas después de aquella tarde, semanas que nos sirvieron para prepararnos ante la noticia, no solo nosotros, sino también a nuestras familias. Echando la vista hacia atrás lo recuerdo como un tiempo de duelo, pero también de aceptación y sanación. 

La asignación de A llegaría varios meses después de aquello, también con cambio de proceso incluido que retraso nuestro viaje ocho meses más de lo previsto. Siempre me gusta pensar que aquel primer pequeño vino a enseñarnos una sabia lección, y que gracias a él, la espera de A fue totalmente diferente a la primera. Más serena, más reposada y calmada. La adopción no es un camino de rosas, pero aunque alguna espina se cruce por el camino, por encima de todo permanece el amor. 





lunes, 6 de febrero de 2017

Esas pequeñas cosas

lunes, 6 de febrero de 2017


Los inviernos de mi infancia transcurrían a menudo en casa de mis abuelos, sentada encima del arcón donde almacenábamos el carbón, contemplando el temporal a través de la ventana de la cocina. Me encantaba ver el baile descompensado de los árboles al son del viento, y los pequeños regueros de lluvia que recorrían el cristal. Mientras yo estaba allí calentita, al ras de la cocina de carbón, en cuyo horno unas manzanas se asaban lentamente, impregnando con su dulzor toda la estancia. Mi vida carecía de preocupaciones.

Esa sensación de despreocupación y de confort aislado mientras justo al otro lado del cristal se desarrolla el diluvio universal, tiene un nombre: hygge. Si es la primera vez que lo lees, te aseguro que no será la última, yo no he parado de cruzarmelo las últimas semanas. Redes sociales, blogs e incluso artículos de prensa se han rendido a la filosofía nórdica de disfrutar de la vida.

Dinamarca encabeza año tras año la lista de países más felices del mundo, y según Meik Wiking, Director del Instituto de Investigación para la Felicidad, el gran responsable de ese mérito es el Hygge. 

Pero ¿qué es exactamente?, pues aparentemente de algo tan sencillo como vivir sosegadamente. Fijarnos en los pequeños detalles, vivir el presente, sin agobios, sin prisas, sin grandes lujos, preferir lo rustico a lo llamativo y exclusivo. Desconectar el teléfono al llegar a casa, participar en los juegos de nuestros hijos, disfrutar de comida casera, y si es en compañía de unos buenos amigos, mejor. 

Suena fácil ¿verdad? entonces ¿por que solo en Dinamarca consiguen llegar a esos niveles de felicidad? La clave se encuentra en su estado de bienestar. Aunque sus tasas de impuestos sean de las más altas, estos revierten directamente en la sociedad: educación totalmente gratuita (incluida la universidad), bajas maternales y paternales igualitarias, jornadas laborales que no se extienden más allá de las cinco de la tarde, o de las cuatro para quienes sean padres. La tasa del paro apenas supera el 4%, la tasa de abandono escolar es de las más bajas y parece que tienen la formula secreta para evitar el acoso escolar. 

Con este cuadro que he pintado, no es de extrañar que al llegar a casa puedas permitirte apagar el teléfono, planear una rica y sana cena mientras juegas con tus hijos. Tus necesidades más básicas no solo están cubiertas, sino que lo están con creces. Tú solo tienes que disfrutar de "esas pequeñas cosas".

Y yo digo, que complicado de aplicar esta filosofía en un país como el nuestro en el que quien más y quien menos tiene que hacer encaje de bolillos para pagar las facturas a fin de mes, donde los horarios de trabajo no permiten la conciliación, donde el fracaso y el acoso escolar son una realidad en aumento, y donde las mejoras sociales apenas se aprecian porque los fondos se han quedado por el camino. Difícil ¿verdad?


"El producto nacional bruto no tiene en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación o la alegría de sus juegos. No incluye la belleza de nuestra poesía ni la fortaleza de nuestros matrimonios; la inteligencia de nuestro debate público o la integridad de nuestros funcionarios públicos... En resumen, lo mide todo excepto lo que hace que la vida valga la pena."
Robert Kennedy











viernes, 3 de febrero de 2017

Y ahora qué...

viernes, 3 de febrero de 2017


Esa frase puede resumir bastante bien la sensación con la que nos quedamos la mayoría de las familias llegado a un punto concreto de nuestro proceso de adopción. Tras la vorágine de entrevistas, búsqueda de ECAI, recopilación de documentación, legalización de la misma y llegada al país de origen, comienza un período en el que solo cabe esperar, y es justo ahí, cuando dices "y ahora qué..."

Como ya conté alguna vez por aquí, nuestro proceso duró más años de los que en un principio habíamos pensado. Varios cambios de proceso en el país de origen nos afectaron de manera directa, y alargó la espera mucho más de lo que jamás hubiésemos pensado. Gracias a todos los altibajos que pusieron a prueba nuestra paciencia, aprendí a distinguir que pautas dentro de mi comportamiento me ayudaban o me perjudicaban a la hora de afrontar mi espera.


La Lectura

El período de espera es un buen momento para comenzar a profundizar en nuestro conocimiento sobre la adopción. A pesar de las charlas preadoptivas y de los cursos, nuestras nociones sobre el tema son ínfimas. Nos queda mucho que aprender. Es hora de sacar la bibliografia que nos hayan recomendado desde nuestra consejería y/o ECAI, escoger un par de libros y sin agobios, ni prisas, comenzar a asimilar los fundamentos de lo que será nuestra maternidad. Si recordáis, justo el otro día os hablé del primer libro que leí en ese período, (pincha aquí si te apetece leerlo de nuevo)


La Discreción

Después de recibir la idoneidad y de ver que por fin, tu proyecto de familia parece una realidad, es muy fácil dejarse llevar por la euforia del momento y caer en la tentación de contárselo a la mayoría de las personas que nos rodean, independientemente del grado de confianza que tengamos con ellos. Aquí cada persona es un mundo, y habrá quién decida gritarlo a los cuatro vientos, y quien prefiera compartirlo solo con familiares y amigos muy cercanos. En nuestro caso fuimos más por la segunda opción, y pasado el tiempo, puedo decir, desde nuestro punto de vista, que era justo lo que necesitábamos. 
Es muy raro que el tiempo de espera orientativo que te facilitan al principio del proceso se cumpla. Eso quiere decir que la incertidumbre y el nerviosismo que vas a sufrir, aumentará. Si además, cada vez que sales a la calle te encuentras a alguien que te pregunta que qué tal va lo tuyo, añades aún más estrés a la situación. Habrá momentos en los que no te apetecerá que nadie te pregunte sobre el tema, salvo esa amiga o familiar con la que tienes confianza y con la que sabes de antemano que podrás trasladarle tu frustración y miedos. 


La Indiscreción

Si antes justo hablaba de la discreción con la que tú vas a llevar tu espera, hay otra contrapartida que se da irremediablemente, la indiscreción del resto de personas. Sepan o no el camino que hayas emprendido, vas a encontrarte en situaciones en las que tendrás que afrontar preguntas imprudentes, del tipo ¿los niños para cuando? se te va a pasar el arroz, ¿que os pasa, no podéis tenerlos? o si lo saben, afirmaciones del estilo de: no te preocupes, ahora que te has relajado, seguro que te quedas embarazada. 
Quien más y quién menos que haya emprendido la adopción como el camino a su maternidad, ha oído una o varias de estas expresiones. Al final aprendes a convivir con ellas, y sirven como un entrenamiento estupendo para el aluvión de preguntas que te llegarán una vez tu hijo haya llegado a tu vida.


Establecer relación con otras familias adoptivas

Suele ser bastante frecuente que al comienzo del proceso, no conozcamos a otras familias adoptivas. Pero ya sea bien a través de nuestra propia ECAI, asociaciones de padres adoptivos o incluso de las redes sociales, establezcamos relación con otras familias durante nuestra espera. Algunas estarán también a la espera, y otras ya estarán formadas. En ambos casos, para mi fue una auténtica bendición que aparecieran en mi camino. Poder hablar de manera franca, sabiendo que estaban pasando o habían pasado por mis mismos miedos, inquietudes y preocupaciones, me reconfortaba  y me enriquecía muchísimo, así como el mirar a sus hijos, y ver que la adopción era algo tangible, existía. Ellos eran la prueba.
Ojo, porque también esta puede ser una arma de doble filo, y con lo que le gusta a nuestra mente ponerse en modo dramático, en vez de alegrarte de que esas personas aparezcan en tu vida, habrá momentos en los que estarás preguntándote que tú para cuando, si vas a ser la mamá elefanta en eterna espera. Añadiendo así, un ingrediente más a nuestra espera, la autocompasión.


No dejarse arrastrar por los foros y redes sociales

Desde que internet está en nuestras vidas, tenemos la información al instante. Pero en muchas ocasiones esa información no está contrastada, no es veraz. En la adopción, donde están en juego sobretodo los sentimientos y las emociones, es muy fácil dejarse arrastrar por comentarios o rumores que nos llegan desde las redes sociales o foros de adopción, sin haberlas filtrado antes, y sin saber si son ciertas. Esto nos lleva a sufrir por adelantado por acontecimientos que probablemente nunca se lleguen a dar. Añadiendo, una vez más, otro buen puñado de ansiedad a nuestra espera. 
Además la incertidumbre que rodea toda la espera, y en ocasiones la falta de noticias durante largos periodos de tiempo, crean el campo de cultivo adecuado para dejarse llevar por la alarma creada.
Aunque nunca me suscribí a ningún foro, y evitaba las redes sociales, es casi inevitable que las mismas familias con las que te relaciones sean portadores de rumores y noticias. Al principio, yo era más impresionable y me afectaban, pero con el tiempo aprendí a ponerlas en cuarentena, a conocer también al portador y saber si era una persona que de por sí dramatizaba la situación. 


No montar la habitación infantil

Como cualquier madre a la espera, lo que te apetece es ir adecuando tu hogar a ese hijo que esta al otro lado del hilo, pero aquí hay una gran diferencia con respecto a un embarazo. Las madres de corazón no sabemos cuanto tiempo va a durar esa espera, ni el sexo del bebé, ni incluso su edad. Ni tampoco tenemos ecografías trimestrales que nos digan que todo sigue su curso y nos relajemos.
En momentos bajos, que los tendrás seguro, puede que no te ayude nada llegar a tu casa y lo primero que veas sea una habitación infantil montada y... vacía. Añadirá mas tristeza a tu espera. Con esto no quiero decir que no compres nada, algo especial que sientas que es para tu pequeño. Yo en mi caso compré cuentos y algún peluche, que hoy en día se han convertido en posesiones imprescindibles para mi hijo, pero que en su momento, yo podía guardar en un cajón, y no me suponían un recuerdo permanente de su ausencia.

Crece

La espera es un período, a menudo largo, en el que aflorarán en ti emociones que nunca antes quizás hubieses sentido o en menor intensidad de lo que lo harán ahora. Aprovecha para explorarlas, para ver que te hacen sentir, analízate. Descubre cuales son las que quieres incentivar y cuáles te hacen daño, potencia las primeras y planta frente a las segundas. Mi tiempo de espera lo recuerdo como la etapa de mi vida en la que más crecí interiormente, en la que empecé a dislumbrar que tipo de persona quería ser y puse remedio para conseguirlo. De ese enriquecimiento no solo te verás tú beneficiada, sino que tu pareja y entorno también, y supondrá un salto muy importante hacia el tipo de madre que vas a ser. 

Como siempre me gusta recalcar, no soy quien para aconsejar a nadie, esto simplemente es una recopilación de hechos basados en mi propia experiencia. Y cómo no, me gustaría saber los vuestros ¿Cómo vivisteis vosotras la espera? 

Foto de Noelia Villanueva