CONFIDENCIAS

lunes, 13 de marzo de 2017

De siempre con la que más apego tenía era con mi madre. Fue una madre dedicada, a la que no le costaba ponerse a jugar con nosotras, con la que compartíamos lecturas y bailes estrambóticos en la cocina, mientras aporreábamos el moderno radio cassette de doble pletina que nos había traído mi tío de Suiza. 

Mi madre era la que se levantaba por las noches para calmar nuestras pesadillas, la que nos enseñaba a cocinar, la que se dejaba la voz en la orilla de la playa para que saliéramos de una vez a merendar.

Mi madre era aquella que siempre nos tenía un almuerzo recién hecho al salir de la escuela, la que nos ponía las tiritas y la mercromina cuando veníamos con las rodillas y los codos lastimados.

Mi madre era aquella que nos tejía chaquetitas para las muñecas, la que nos dejaba fregar el suelo de casa con nuestra fregona de juguete, sabiendo que detrás tendría que volver a fregar ella.

Mi madre lo era todo. No porque mi padre no ayudase o no ejerciese como padre. Simplemente, al trabajar, pasaba muchas menos horas en casa. Y cuando llegaba, casi siempre era ya la hora de la cena.

Claro que estaba ahí, él fue quién nos enseño a andar en bicicleta, a nadar, el que nos inculcó su pasión por los animales y por la naturaleza, y al que le encantaba contarnos historietas de su infancia.

Pero en algunos aspectos, era el gran desconocido. Aquel que entraba por la puerta después de una interminable jornada de trabajo, cansado. 

Aquel al que le costaba expresar sus sentimientos, y mucho menos hablar de ellos. Siempre guardando un poco las distancias.

Hasta que un diagnostico médico cambio todo eso. 

La detención de la enfermedad de mi madre derrumbó nuestro mundo. La persona que sostenía la casa, la que la hacía un hogar, necesitaba que ahora nos centrásemos en ella. 

Aquel hombre duro y serio, al que le costaba mostrar sus emociones públicamente, cambió. Y en su lugar apareció un hombre bondadoso y extremadamente cariñoso, que pasó temporadas de mas de ocho meses seguidos, día tras día y noche tras noche, encerrado entre las cuatro paredes de una habitación de hospital.

Aquel hombre que no había hecho otra cosa en su vida que trabajar, se convirtió en el enfermero absoluto de su mujer. Él era a quien veía cada mañana cuando abría los ojos, durmiendo en la incomoda butaca destinada a las visitas. Él era el que la aseaba y la vestía.

Su brazo, el primero en tenderse cada vez que ella necesitaba caminar. Su voz era la que disparaba los valores del monitor cuando ella estaba en coma y él le hablaba bajito, al oído. 

Durante aquellos dos duros años, él fue su sombra. Pero también, el motivo de su perpetua sonrisa.

Mi padre me enseñó el significado de AMAR, así, con mayúsculas. 

Te quiero papá. Gracias por formar parte de mi vida.



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