La primera vez

lunes, 6 de marzo de 2017





Estoy en la sala de las visitas, sentada sobre una moqueta granate. Mi rostro refleja el cansancio de un interminable vuelo nocturno, pero también la inmensa felicidad de tener a mi hijo, por fin, entre mis brazos. 

Sus grandes ojos me miran, me observan atentamente, asustados, pero también curiosos. Una manita reside en mi pecho mientras que se chupa ruidosamente el dedo pulgar de la otra. Esta a punto de dormirse. Acaba de tomarse un biberón, y por fin se ha relajado.

De repente un olorcillo sospechoso comienza a embriagar el ambiente. Necesita un cambio de pañal. Busco a su cuidadora y se lo comento. Tiende los brazos hacia mi hijo, pero le digo si me deja cambiarlo a mi. 

Subo un tramo de escaleras hasta la sala de los bebés, me indica que puedo cambiarlo encima de su cunita. Es la segunda empezando por la izquierda. 

Descubro que no trae un pañal al uso, sino uno de tela. Ya me habían preparado para ello, los pañales desechables son un lujo que muy pocos pueden permitirse.

Y ahí, a miles de kilómetros de mi hogar, en el segundo piso de un edificio blanco, con grande balaustrada y puerta verde, le cambio por primera vez el pañal a mi hijo. 

Después de aquel cambio, llegarán cientos de ellos más. En el hotel, en casa, en la playa, de paseo. Hemos ido quemando etapas, y ahora solo los usamos durante la noche.

Y aunque ya han pasado casi dos años, hay ocasiones en las que rememoró aquella primera vez. Nuestro primer cambio, el primer pañal.



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