Bizcocho De Navidad

viernes, 22 de diciembre de 2017

De Chirivías, Nueces y Jengibre


No recuerdo el momento en el que comencé a cocinar. Si echo mi vista hacia atrás, enseguida aparece en mi memoria la cocina de mi abuela. Grande, cuadrada, con espacio suficiente para cocinar varias personas a la vez. No era solo una simple cocina, era el centro del hogar donde hacíamos vida. Donde aprendimos a leer, a escribir, a escuchar las historietas de infancia de mis abuelos, de cómo se conocieron, las penurias que pasaron durante las posguerra.

Durante gran parte del otoño y del invierno, había un objeto alrededor del cuál giraba toda la actividad de la casa: la cocina de carbón. No solo nos suministraba el calor necesario para combatir las frías tardes, sino que en sus entrañas siempre había algo horneándose, que momentos más tarde se convertiría en nuestra merienda, unas dulces manzanas asadas, unas castañas, o si había natas suficientes, un delicioso bizcocho.

Mi abuela y mi madre fueron mi mentoras entre los fogones, comenzó como un juego, un entretenimiento más para pasar las tardes de lluvia a techo, pero poco a poco era yo la que demandaba colaborar más. La mayoría de mis recuerdos familiares giran entorno a esa cocina.

Hace ya más de una década, en plenas Navidades, y con tan solo dos días de diferencia, ambas iniciaron un último viaje.

La entrada de hoy es un homenaje a esas tardes de mi infancia, entre harina, huevos y el calor de un horno. Enseñando, aprendiendo, compartiendo. Tres generaciones cocinando juntas.

Hoy soy yo la que enseña, la que cuenta sus batallitas de la infancia, mientras un par de manitas me ayudan en cada paso, y dos estrellas me guían desde el cielo.




Felices Fiestas





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